Ciencia y arte nos liberan de prejuicios: José Gordon

CULTURA
  • “Tenemos dos instrumentos para contrarrestar la información falsa: la imaginación artística y la imaginación científica”
  • “Hoy, como nunca, hay que desarrollar el músculo de la inteligencia colectiva y eso requiere cierto rigor, atención y aprendizaje”

David Sandoval Rodríguez, 26/03/2018, Xalapa, Ver.- Para el divulgador científico José Gordon, el arte y la ciencia tienen la capacidad de abrir boquetes en nuestras cerradas “cajas de prejuicios” que nos permitirán ver la realidad con una nueva mirada, por ello es fundamental compartir la información para despertar la creatividad y la imaginación de las personas.

Al visitar la Universidad Veracruzana (UV) para el inicio de la tercera generación del Diplomado en Comunicación Pública de la Ciencia, generación “Adalberto Fox Rivera”, el también narrador, productor, conductor, periodista y apasionado por la ciencia, recordó a los presentes en el Auditorio “Alfonso Medellín Zenil” del Museo de Antropología de Xalapa (MAX) que está ligado a Veracruz, en particular a Córdoba, donde vivió sus primeros 12 años.

Posterior a su conferencia “Universos paralelos: arte y ciencia”, Gordon platicó sobre el papel de la sensibilidad y la imaginación en el momento actual en el que, al parecer, las conexiones entre estos universos paralelos están creciendo.

 

En su ponencia mencionó varias veces la importancia de la creatividad y de compartir las ideas, ¿por qué es tan importante?

El concepto compartir es fundamental porque todos tenemos la idea de que información implica poder organizativo y, efectivamente, sabemos que la información moldea, da posibilidades de estructurar, de organizar; sin embargo, Sam Pitroda, uno de los grandes fundadores de las telecomunicaciones en la India, me comentó en alguna ocasión que información no quiere decir poder organizativo, compartir la información es lo que tiene poder organizativo.

Por ello, hoy como nunca es importante evolucionar hacia la sociedad del conocimiento en donde compartimos información valiosa, no fake news; aunque se plantea que estamos en la posverdad, el rigor del conocimiento nos plantea que esto no es cierto, son precisamente los políticos corruptos quienes se aprovechan de esta desinformación para tratar de generar su discurso convenciendo a la sociedad y creo que tenemos que contrarrestar como nunca estas falsas informaciones.

Para lo anterior tenemos dos instrumentos fundamentales: la imaginación artística y la imaginación científica. Esta última tiene la capacidad de abrir boquetes en los paradigmas y conceptos falsos en los que vivimos, en los prejuicios que tenemos; por otro lado, la literatura nos da sensibilidad para tener compasión por el otro, para despertar las neuronas de la empatía, las neuronas espejo que nos permitan de verdad tratar de entender las necesidades del otro. Este experimento me parece fundamental en este campo donde tenemos que romper límites.

Me da la impresión que la educación que vivimos y los contextos de desinformación que tenemos son como una especie de “cajas de prejuicios” que nos cierran a miradas más amplias de lo que nos rodea. Estamos encerrados en una especie de cajita que tiene que ver con nuestra historia, con nuestra memoria colectiva; en este marco, la ciencia y la literatura crean boquetes en las cajas y nos permiten, entonces, ampliar nuestra mirada.

La ciencia nos permite ver más allá de lo que podemos ver, más allá de las apariencias, incluso asomarnos al Big Bang, ¿Cómo es posible que nosotros, que no podemos ni de cerca remontarnos a lo que ocurrió hace 13 mil 800 millones de años, tengamos instrumentos matemáticos y técnicos para tratar de dilucidar cuándo se originó el universo? Ésa es una de las grandes proezas de la ciencia que nos saca de los límites en que estamos encerrados.

La literatura por excelencia nos saca de los límites de nuestra propia piel para sentir lo que es vivir en la piel del otro; estos boquetes que crean la ciencia y la literatura en la caja en la que estamos encerrados son fundamentales.

 

¿Por qué nos han enseñado que lo racional está en un lado y la expresión artística en otro?

En mis tiempos universitarios recuerdo que cuando pasábamos por alguna Facultad decíamos: Aquí piensan como ingenieros; en otro lado: Aquí piensan como artistas y están muy locos, no les hagan caso. Lo que ocurre es una incomprensión profunda de ambos mundos, pero hoy estamos viendo científicos que abren sus mapas y tienen muchos mundos simultáneos que exploran con la curiosidad natural que implica el abrirse a otras miradas. Lo mismo ocurre con la literatura, cada vez más novelistas y creadores están al tanto de lo que sucede en la ciencia y amplían los mapas de lo que pueden expresar sensiblemente y en términos artísticos.

De lo que se trata hoy en día es de una ruptura de paradigmas que implica, entre otras cosas, un pensamiento multidisciplinario, un pensamiento en donde –como en los cadáveres exquisitos de los surrealistas– si mi imaginación no da, surge la imagen en el cerebro de alguien más y armamos un poema colectivo con imágenes que nunca hubieran podido expresarse, originadas en la historia y la memoria personales; en la memoria colectiva sí caben este tipo de imágenes, caben otras ideas y otras miradas.

 

¿Usted considera, como lo han externado otros divulgadores científicos, que es una buena época para realizar esta labor?

En la actualidad, como nunca, hay que desarrollar el músculo de la inteligencia colectiva; se trata de un músculo que requiere cierto rigor, atención, detalle y aprendizaje, pero es posible desarrollarlo.

A mí me impresiona mucho que en la actualidad se trata de resolver problemas matemáticos difíciles a través de una convocatoria en donde pueden participar desde maestros de preparatoria hasta ganadores de la Medalla Fields, equivalente al Premio Nobel de las matemáticas; todos entran a la discusión y de repente, gracias a la inteligencia colectiva, encuentran la solución a un problema matemático que se consideraba difícil.

Se está construyendo colectivamente un discurso donde se van dando planteamientos que llevan a la solución; entonces, esta idea de que el músculo de la inteligencia colectiva se puede desarrollar de otras maneras es fundamental. De hecho, esta posibilidad de la inteligencia colectiva al principio nos daba solamente para “la ola” en los estadios de futbol, que ya es una forma de sentir que simultáneamente estamos haciendo una coreografía; creo que la inteligencia colectiva debe asumir formas cada vez más brillantes, el gran reto es ver cómo –precisamente a través de las redes sociales y de procesos que nos permitan saltar a las instituciones que se han quedado caducas– podamos avanzar en el discurso y buscar que el único requisito sea el rigor en ese proceso.

Esto implica también que nos preparemos y estemos en un continuo estudio y aprendizaje; hoy entendemos que ser universitario no termina en una carrera de cuatro o seis años, ni siquiera en un posgrado, ya que es un proceso continuo de estar despierto y sensibilizado a la nueva información, tener rigor para seleccionar lo que es valioso de esa información, asomarnos y acercarnos con los protagonistas autorizados del conocimiento, quienes hacen estudios serios y profesionales para que compartan a la inteligencia colectiva los tesoros que se abren de información del universo gracias a la investigación sistemática.

Hizo referencia acerca de la percepción actual de los niños como zombis, ¿pudiera ampliar al respecto?

A veces cuando pensamos en zombis pensamos en niños y eso es una cosa equivocada, pensamos “Pobres niños, no tienen espacio ni capacidad de atención” y no nos damos cuenta que nosotros somos los zombis y quienes no tenemos capacidad de atención.

Pero la buena noticia en medio de este marco es que los discursos de la ciencia y de la imaginación literaria que verdaderamente son atractivos nos vuelven a reconectar con el pulso de la vida en formas fantásticas.

Por eso, a pesar de los pesares, persiste la ciencia, persiste la imaginación y persiste la literatura, solamente hay que visibilizarlas.

Me he encontrado que en México, los niños, los jóvenes y las personas mayores tienen mucha mayor sensibilidad de la que nos imaginamos, pero es más fácil echarles la culpa a los niños que no tienen capacidad de atención; los adultos que están aletargados y los comunicadores no nos echamos la culpa. Precisamente estamos hablando de comunicación pública de la ciencia y del arte, y no nos echamos la culpa a nosotros de que no hemos sabido contarles los relatos para que estemos en torno al sueño de la tribu de verdaderamente compartir inteligencia y ensanchar la mirada.

No hay un momento más importante en la educación que el momento invisible pero real donde se enciende la mirada de un niño porque entendió algo o porque se abrió a la belleza; ése es el momento que un maestro está esperando siempre, entonces ¿cómo producirlo, cómo crearlo? Cuando me encuentro con niños, jóvenes y adultos y compartimos estas posibilidades, veo esos momentos en que se enciende la mirada y me recuerda mucho lo que decía el poeta Luis Rius: “No podemos vivir como si la belleza no existiera, una vez que se descubre ahí está y está para siempre”. Por eso la responsabilidad de los buenos maestros que, a pesar de los pesares y del caos que vivimos, siguen insistiendo tercamente en compartir conocimiento.

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